Entrando por la salida de emergencia

"Sin duda, uno de mis dos blogs preferidos" -Zaphod Beeblebrox

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15-O

octubre 15th, 2011 · No hay Comentarios

“Salvo que sea la exdirectora general de la CAM, haya conseguido una suculenta pensión de Caixa Galicia o pertenezca a la enriquecida casta de Wall Street, no concibo que un asalariado se quede en casa esta tarde.”

Antonio Orejudo.

Esto es así, no hay más. Así que a la calle ya, hombrepordiós.

 

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Semana de tuits 2011-09-12

septiembre 12th, 2011 · No hay Comentarios

  • Me da un PEREZA leerme cualquier cosa nueva de DC… que yo creo que paso ya para siempre jamás. #
  • @JonatanSark Me refería a en claro para ver. Para no ver está fácil: todo lo demás. No es que me llamara mucho de entrada, así que bien. #
  • @JonatanSark No está la cosa para perder el tiempo en series malas: me fiaré de tu criterio destructivo, es mucho más eficiente. #
  • @ender_halon Lo que dice @mimesacojea es verdad, acabo de hacer la prueba y Gmail me ha avisado de mi olvido. Google es amor. #
  • @miguelbadajoz Llevo un rato intentando comentar en tu último post en el blog, pero no me deja. Que de acuerdo en todo, con algún matiz. #
  • @apardiez @idosuru Me fío más de Asier, evidentemente. Creo en el helicóptero. #
  • @JonatanSark Mira que me gustaba Tennant, pero es verdad que, puestos a ser cómicos, Smith gana. Y si hay que dar miedo, Ecclestone. #
  • @Queque_net ¿Sabe usted que su antiguo blog (blogdequeque.blogspot.com) ahora se dedica a las recetas de cocina? Me tiene el rss perdidito. #
  • ¿Que han echado a @Guerraeterna? Sí que van sobrados en Público, ¿no? ¿NO? #
  • @fluzo @Henrique_Lage @Vigalondo Pintaza es poco. Qué malrollismo, dios. Qué ganas. #
  • Acabo de oír a uno decir que hay tías en la biblioteca que parece que se maquillan con nutella. Amén. #
  • @Vigalondo ¿Y cuándo ha dicho que tenemos la pinícula? #
  • Ser calvo con 22 años es duro, vale. Pero llevar sombrero mientras estudias en la biblioteca es… erróneo. #
  • @GuillermoLPD La huida a USA tiene ahora mucho más sentido. Supervivencia y compra de armas, lo normal cuando se espera ataque zombi. #
  • @faibistes @tuitadyneLPD Pero… ¡es que dice que hay magia! ¡MAGIA! Si Martin es el Zola de la fantasía, por favor. Naturalismo y ya. #

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Si esto sale en el blog, es que todo va bien.

septiembre 11th, 2011 · 2 Comentarios

Si se puede ver esto, es que he conseguido publicar desde el correo electrónico, a través de Posterous. Hay formas más sencillas de hacerlo, pero al final no lo son tanto. Además, esto es lo que hace Warren Ellis, así que no puede estar mal hecho.
Es de esperar que la cantidad de actualizaciones aumente locamente, y que la calidad disminuya en la misma medida.

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Día de la toalla 2011

mayo 25th, 2011 · No hay Comentarios

Interrumpimos la inane programación habitual para recordar a nuestros gentiles lectores que hoy se celebra el Día de la toalla, en honor del GENIO Douglas Adams y su Guía del autoestopista galáctico. Sigan los enlaces para salir de la ignoracia y la pauperidad intelectual, por favor.

 

Porque las toallas vienen de Portugal

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Del túnel a la Universidad

mayo 11th, 2011 · 1 Comentario

Si alguien tuviera que establecer el marco para un relato de corte apocalíptico y, por limitaciones del autor, ya fuera en lo referente a su experiencia o a su imaginación, el escenario tuviera que circunscribirse a Madrid capital, y a ser posible a un solo barrio, la Ciudad Universitaria sería sin duda una de las primeras opciones consideradas, pues su situación y fisionomía la convierten en candidato ideal.

Al sin duda sugerente entorno formado por las amplias avenidas -que estarían convenientemente desprovistas de todo arbolado, quizá con la excepción de algunos matorrales bajos, de los que pudiera decirse que su fruto, de sabor agrio y polvoriento, es todo un manjar para los escasos habitantes de la zona- se le añade el atractivo que suponen los grandes edificios de las facultades y escuelas. Estos podrían ser sin duda refugio de los pocos estudiantes que quedaran en aulas y despachos, organizados en bandas más o menos violentas, algunos dedicados a obtener los restos de tecnología de laboratorios y talleres, con miras a fabricar ingenios que les facilitaran la existencia, o se la dificultara a sus rivales; otros, de forma a priori menos práctica, pero quién sabe si más provechosa a la larga, podrían tener como meta la recuperación y organización del saber acumulado en las bibliotecas universitarias, de forma que, cuando pasara la tormenta, alguien supiera cómo utilizar las herramientas disponibles; de manera que no murieran las ideas.
La existencia de túneles de Metro bajo la Ciudad Universitaria no es sino el aliciente definitivo para su aprovechamiento literario: hasta el más pedestre de los creadores sería capaz de conjurar la imagen de grupos de personas, atrapados por el cataclismo en pleno tránsito entre su lugar de estudio o trabajo y sus hogares, que sobrevivirían en la red de trenes durante meses, alimentándose con los productos de las cafeterías y máquinas de comida rápida, y transportando víveres de un barrio a otro en canastos, que bien podrían suponer la vuelta al burro como medio de locomoción. Estos morlocks posmodernos, finalmente, saldrían a la luz difusa del amanecer nuclear, extendiéndose por el resto de la Ciudad y, con un poco de suerte, dando lugar a una civilización donde la educación superior sería, más que un lujo, una necesidad geográfica.

No seré yo quien escriba semejante cuento.

 

[Relato escrito para el II concurso de mini-relatos de literatura fantástica y ciencia ficción de la biblioteca de la Facultad de Física de la Complutense. No ganó nada de nada.]

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Hecho Cuatro: el archipiélago (apéndice)

marzo 31st, 2011 · 1 Comentario

Con esta entrada concluye una serie de cinco, pensada para celebrar la primera Fiesta Isleña de Insularo.net. Visiten la cabaña del jefe para sucesivas celebraciones.


Hecho Cuatro: el Archipiélago

Aunque vaya contra mis principios y todo aquello en lo que creo o dejo de creer, no me extenderé en esta entrada. Ya hemos establecido a lo largo de esta semana que las islas son lugares extraordinarios, inusuales y necesarios. Que si los continentes gozan de mayor aceptación que las islas entre el gran público, se debe solamente a que ocupan mucho más espacio, y permiten la existencia de gran variedad de historias en su seno. E incluso este problema tiene solución, como adelantamos en la presentación realizada el primer día de esta Fiesta Isleña. Porque no hay duda de que solo hay una cosa mejor que una isla: un archipiélago.

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Interrupción

marzo 25th, 2011 · No hay Comentarios

La serie sobre las Islas continuará el domingo lunes. No se vayan, por favor.

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Hecho dos: la isla en la realidad

marzo 23rd, 2011 · 2 Comentarios

Esta entrada pertenece a una serie de cinco, pensada para celebrar la primera Fiesta Isleña de Insularo.net. Visiten la cabaña del jefe para más parranda.

Hecho Dos: la Isla en la Realidad

En el artículo anterior hemos tratado de forma somera las posibilidades que ofrecen las islas a la ficción, centrándonos en cómo es posible imaginar prácticamente cualquier arquetipo de personaje y situarlo en una localización aislada con la que comparta multitud de rasgos sin que resulte chocante para el espectador. Jugamos, pues, con cierta “excepcionalidad” insular, con la hipótesis de que en una isla los habitantes están dotados de algo que los diferencia de los demás humanos. Esta asunción, válida en la ficción, resulta sin embargo aventurada en la realidad. Aunque es posible establecer ciertas generalizaciones en cuanto a los rasgos comunes de los moradores de determinadas islas (los cubanos son “sabrosones”, los islandeses son todos primos entre sí y extremadamente civilizados, los canarios no hablan como las personas humanas), no es posible caracterizar al conjunto de la población de cada isla como ajenos a la humanidad (sigue habiendo cubamos sosos, hemos visto que los islandeses pueden no ser tan modositos, hay canarios que conocen la palabra “autobús”). Nuestra hipótesis, que tan buenos resultados daba al aplicarla a islas ficticias, salta por los aires al ser enfrentada con la realidad.

Sin embargo, esto no niega la verdad primera, a saber, que las islas son accidentes geográficos de una importancia única. Lo que ocurre es que, en vez de manifestarse esta excepcionalidad en el carácter de las personas, lo hace en las acciones mismas. Llegamos, pues, a nuestro Hecho Dos: las acciones que tienen lugar o se realizan en islas están automáticamente revestidas de una trascendencia intrínseca de la que carecen sus homólogas terrestres. Esto puede afectar, qué duda cabe, al carácter del que lleva a cabo o es destinatario de dicha acción, aunque sea de forma temporal, pero se trata de cambios puntuales en individuos, no generalizables al conjunto de habitantes de la isla.

El ejemplo que utilizamos en esta ocasión para ilustrar el postulado anterior será uno, pero enormemente poderoso: la extinción del dodo, entrañable ave no voladora, a finales del siglo XVII.

La extinción del dodo

Extinciones ha habido muchas a lo largo de la Historia, son un hecho cotidiano que tiene lugar todos los días. Desaparecen especies que ni siquiera sabemos que existen. ¿Nos importa? No, salvo que pertenezcamos a algún culto de adoradores de Wotan o a una organización ecologista marginal -las serias hace tiempo que dejaron de preocuparse de estas nimiedades, salvo alguna actuación ocasional para decir “eh, los animales son cosa seria”. Sin embargo, hay dos extinciones que casi todo el mundo conoce. Una es, evidentemente, la muerte masiva de dinosaurios hace una pila de millones de años. Y la recordamos porque si no hubiera sido por ese malhadado meteorito ahora todos tendríamos un lagarto gigante en el que ir a trabajar, como bien nos enseñaron los Picapiedra. El otro acontecimiento luctuoso ligado a una especie animal que hasta la mayoría de los adolescentes adictos a las drogas y la música tecno -¿cómo, que ahora hay que decir “redes sociales? Vesteacagálavía- conocen es la muerte del último dodo, que según la mayoría de los Expertos (¡ovación!) tuvo lugar a finales del siglo XVII.

Evidentemente, no resulta razonable que la extinción de una especie aviar sin futuro, un auténtico cul de sac evolutivo, condenado a ser objeto de mofa, befa y escarnio, y sobre el que se puede argumentar que la muerte fue lo mejor que podía sucederle, sea tan famosa como la desaparición de todo un género (o reino, u orden, que venga el biólogo de guardia y me corrija) de gloriosos gigantes escamados. ¿Por qué se da este extraño fenómeno?

La Teoría Oficial, según recoge la Wikipedia, es que la aparición del dodo en Alicia en el País de las Maravillas, la famosa novela de Lewis Carroll, impulsó su fama hasta que esta alcanzó altitudes mucho mayores que las que el mismo pajarito pudo jamás soñar (lo que podría conseguirse con elevar la fama a la altura de los hombros de un hombre no demasiado alto, por otra parte). No es necesario ser un genio ni un reconocido columnista Patriota para darse cuenta de que, una vez más, la Teoría Oficial es falsa, un constructo en manos de los continentalizantes para negar una verdad evidente: el dodo pasó a la fama porque vivió, dio pequeños y patéticos saltitos en el aire y murió en una isla. Más exactamente, en la Isla Mauricio, al este de Madagascar. Piénsenlo. ¿Les suena alguna extinción? ¿Nada? A mí tampoco. ¿Por qué? Porque, evidentemente, tienen lugar en tierra firme. En continentes. En un entorno aburrido y vulgar, sea la selva tropical, el polo o el desierto. Sin millas de agua alrededor.

Aunque en principio no sería necesario insistir para considerar probado que incluso las extinciones son mejores en una isla, recreémonos un poco en imaginar cómo serían los últimos momentos del último dodo. Last dodo standing. Dodo: ceux qui vont mourir. Schicksal aus dem Dodo. Pero demos unos datos previos, para ambientar la cosa:

Uno de las características que hacen (hacían) al dodo singular, y acreedor de la simpatía de niños y mayores, es que se trataba de un animal torpe e indefenso. Y esto es una consecuencia directa de su condición insular: al carecer de depredadores durante milenios, no le había sido necesario desarrollar ningún mecanismo de defensa, huida o siquiera desconfianza. Era como el niño pardillo del colegio, pero sin el instinto de supervivencia. Así que cuando llegaron los piratas (comerciantes, se llamaban ellos) holandeses e ingleses a finales del siglo XVI, acabaron con los pobres animales por montones. Si no murieron más fue porque, aparentemente, sabían mal. Y esto es mucho decir para un inglés, así que no parece muy arriesgado asumir que era preferible comer tierra seca antes que asar uno de estos estúpidos bichos.

Por si la caza fuera poco, los marinos introdujeron animales que se comían los huevos de dodo, talaron los bosques en los que vivían… un estropicio en toda regla, vaya. Por las mismas fechas tuvo lugar una inundación repentina, que tampoco ayudó a las aves -¿hemos dicho que no podían volar?-, así que no pudieron hacer otra cosa que morir, dejando su nombre a otra especie local, que también se extinguió (en la misma isla, recordemos. Las islas matan, pero de forma apasionante).

Pero volvamos al último de los dodos. Si en vez de un pájaro inútil para todo lo que no fuera comer se hubiera tratado de, pongamos, Bruce Willis, habríamos tenido una apasionante historia de venganza, en la que el animal salvaje, acorralado por el hombre blanco, jura vengarse ante el cadáver de su pareja y los huevos que habrían sido su quinto lote de crías. Seguiría una serie de cuidadosos asesinatos selectivos, un terror nocturno e innombrable que haría que los colonos, habida cuenta de su herencia noreuropea y protestante -y, por tanto, cobarde y poco masculina- huyeran precipitadamente en las naves para nunca volver, permitiendo al Último Dodo Willis morir tranquilo tras haber dado dódica sepultura a sus seres queridos.

Dado que, como hemos dicho, y enfatizo de nuevo, el Raphus cucullatus era un animal cuya principal habilidad, según los testimonios disponibles, era la de fallecer de la más ignominiosa de las maneras -pues ni su carne podía aprovecharse, recordemos-, y teniendo en cuenta que nadie sabe si el fin de esta especie tuvo lugar en 1660 o 1700, podemos colegir que el Último Dodo murió solo, de forma anodina, probablemente al tropezarse con su pico intentando coger una exótica (para nosotros, no para él) nuez del suelo y precipitarse sobre un charco, en el que moriría ahogado sin ser capaz de evitarlo.

Sin embargo, pese a que no hay nada en el dodo que nos anime a considerarlo un héroe -ni siquiera un mártir, pues los mártires sufren, y este ave, en su inmensa estulticia, es probable que ni siquiera fuese capaz de darse cuenta de su dolor-, la muerte del dodo ha quedado grabada en nuestro inconsciente colectivo, arrojando sobre un ave extinta que no nos ha aportado nada nunca una luz extremadamente favorable, casi mesiánica. Espero no encontrar oposición entre los lectores si atribuyo este hecho al carácter profundamente isleño del dodo: la isla lo hizo como era, la isla lo mató, al impedirle huir y no prepararlo para lo que le esperaba.

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Hecho Uno: la isla en la ficción

marzo 22nd, 2011 · 3 Comentarios

Esta entrada pertenece a una serie de cinco, pensada para celebrar la primera Fiesta Isleña de Insularo.net. Visiten la cabaña del jefe para más parranda.

Hecho Uno: la Isla en la Ficción

Como se indicó en la primera parte de esta serie, una isla ofrece al autor de ficción un entorno privilegiado en el que situar sus relatos, poemas, fantasías semieróticas y ensoñaciones destinadas a ser consumidas por adolescentes que sufren de Weltschmerz al darse cuenta de que nunca serán seducidos por un simpático vividor que les hará vivir locas aventuras y divertidos peligros, sino por un hombre sorprendentemente parecido a su padre, y con la misma circunferencia abdominal, o por una mujer rica en similitudes con su tía la soltera.

El principal motivo por el que las islas resultan tan atractivas en este contexto, el de la ficción, es, básicamente, que en ellas no hay tías solteronas ni pretendientes con incipiente alopecia. Puede haberlos, desde luego, si esa es la intención del autor, pero su presencia no es una obligación. En ocasiones, al ver una película hay algo que chirría, irreal, más allá del argumento: apenas hay gordos ni feos, ni discapacitados que puedan resultar molestos. Y si los hay, se deben a exigencias del guion: aceptamos un gordo gracioso, un feo que se liga a la chica guapa del instituto, o un ciego que se convierte en un francotirador de primera gracias a su inmenso poder mental. Pero, en un plano de gente paseando por la calle, no veremos a nadie con esas características. Y eso, aunque sea de forma subconsciente, puede resultar desasosegante, falso.

En una isla no ocurre eso: nadie criticará, cuando se describe un islote en el Pacífico de, pongamos, mil habitantes, que no haya feos. Sin duda, el sano color tostado producido por una vida en el trópico disimula los defectos físicos. Tampoco es raro que no haya gordos, pues el pescado y los cocos apenas tienen grasas monosaturadas, cualquiera sabe eso. Todo encaja perfectamente, pues al tratarse de un micromundo, un ecosistema reducido, no podemos aplicarle las reglas cotidianas, y cedemos nuestra incredulidad al autor, para que la ignore o destroce, lo que más le apetezca.

Se podría hablar también del carácter que una isla insufla a sus habitantes y visitantes, de cómo tampoco las reglas habituales de comportamiento son válidas allí, a no ser que queramos que lo sean -pues no hay que olvidar que, si bien no nos extrañará la ausencia de cojos, tampoco lo hará una sobreabundancia de los mismos, incluso que estos formen la totalidad de la población, pues ¿quién sabe si en esa isla situada al oeste de Groenlandia los osos polares son aficionados a devorar un solo miembro de sus víctimas?-, pero de este tema no hablaremos hasta mañana, puesto que es algo que se manifiesta de forma más directa en el mundo real mientras que, desde el punto de vista de la ficción, resulta más interesante estudiar la variedad de personajes que habitan -o pueden habitar- las islas ficticias en la literatura, el cine o los tebeos. Las características de estos personajes dependen, en gran medida, de la situación de la isla, además de su origen, su extensió y su edad. De igual forma, el desarrollo de la isla vendrá condicionado por la actitud de sus habitantes hacia ella, y por las relaciones de estos con sus vecinos. Aunque no sea estrictamente necesario, pues no es el objetivo de esta serie de artículos la de hacer una revisión exhaustiva del estado de la ciencia de las islas, sino el de dar unas pinceladas sobre varios aspectos relevantes de estas entidades, veremos dos ejemplos de islas en la ficción, en las que se observan la mayoría de las características mencionadas en los párrafos anteriores.

Para adelantarme a los comentarios críticos, lo digo ya: no hablaremos de la isla de Perdidos, puesto que a) ya se ha discutido sobre ese accidente geográfico en particular en cientos de foros, entre ellos la isla de Julio, y b) no he visto la serie. Así que vamos con las dos islas elegidas, radicalmente diferentes entre sí: Themyscira, hogar de las Amazonas y R’lyeh, tumba acuática del Gran Cthulhu.


Themyscira

Como todo en el universo comiquero DC, la isla de Themyscira ha pasado por varias encarnaciones, e incluso ha tenido dos nombres: Isla Paraíso, antes de 1987, y Themyscira desde entonces. Los habitantes de esta isla son las legendarias amazonas -cuyo máximo exponente es la princesa Diana, Wonder Woman-, guerreras de la mitología griega que viven (y mueren, según la saga y el respeto a la continuidad del autor de turno) cerca de la costa de Turquía, sin ser molestadas por los hombres, culpables a sus ojos de las maldades del mundo. La isla es eterna y clara, orgullosa y rica en edificios de aspecto imponente y corte clásico, sin que pueda decirse si es la geografía la que imita a las luchadoras que en ella habitan o son estas, nobles y serias defensoras de la virtud, las que por mimetismo han desarrollado estas características. Tienen ambas, amazonas e isla, un reverso oscuro: en el caso de las inmortales, su facilidad para la ira y la tendencia a acuchillar o alancear primero y preguntar después; en lo referente al gran peñón de piedra, altos acantilados cortados a pico y una red de túneles oscuros, en parte naturales y en parte excavados, en los que se ocultan más secretos de lo que sus habitantes imaginan.
Incluso teniendo en cuenta este lado inquietante, podemos afirmar que, en general, el carácter de Themyscira es bondadoso, luminoso. Se trata de una isla que bebe de las fuentes de la cultura griega, de carácter por tanto occidental, lo cual es, no lo duden, inherentemente positivo. No hay doblez, no hay traición: las amazonas te respetarán o no, te matarán sin piedad o te prestarán ayuda, pero las verás venir. Lo mismo ocurre con el suelo sobre el que se asientan: desde el momento en que pongas el pie en Themyscira, tu destino estará echado, y tú lo sabrás.

R’lyeh

Esta isla fue creada por el escritor estadounidense H.P. Lovecraft dentro del ciclo de los Mitos de Cthulhu. Cthulhu, así como sus adláteres, sería una deidad maligna venida del espacio exterior -técnicamente, de otra dimensión, pues cuando Lovecraft se ponía exótico hacía que la pizza hawaiana, pese a su increíble atrevimiento al mezclar pollo con piña, quedara reducida a vulgar anécdota de miércoles por la noche- cuyo objetivo no está claro, pero viene a ser la esclavización de la humanidad y la conversión de todo el mundo en sus adoradores, algo que conseguiría tanto con la ayuda de sus extraterrestres aliados como con la de grupos de adoradores mutados o mutantes, que veían en él la respuesta a las incertidumbres del mundo moderno. El principal habitante de esta ciudad-isla es descrito vagamente, pero se intuye que no está conformado por materia corriente, y que tiene tentáculos y alas membranosas. Suficiente para ser desagradable. Además, no es sino uno de los muchos Dioses Exteriores que, en sus viajes por el Cosmos y la Eternidad, acaban siempre jugando en la Tierra, tanto en los Mitos lovecraftianos como en los seriales del Doctor Who.

Paralelamente al carácter resbaladizo y ominoso de su líder, que se encuentra, aparentemente, enterrado en una pirámide en lo más profundo de la ciudad, esperando a que sus seguidores lo despierten -cosa que, si hacemos caso a Lovecraft, SIEMPRE está a punto de ocurrir-, la isla está formada por inmensos bloques de piedra entre gris y verdosa, desgastada por los incontables eones y el roce de millones de anguilas rascándose la espina dorsal contra ellas a lo largo de los siglos, y abundan los monolitos, las pirámides, las agujas de piedra parcialmente demolidas, los huecos de profundidad insondable y todas las formaciones arquitectónicas y geológicas que resulten imponentes, aterradoras y arrebatadoras para el débil corazón humano.

Pero lo peor no es el arrebato del corazón producido por la inmensidad y la magnitud de la obra, que hace pensar en un arquitecto inmenso y demoniaco, no. Lo que realmente conduce a todo aquel que vislumbra siquiera una esquinita de R’lyeh a la locura son los ángulos imposibles, no euclidianos de la arquitectura local. Pues parte de R’lyeh se encuentra en dimensiones ajenas a la nuestra, y la sola constatación de ese hecho puede acabar con la cordura del más valeroso y racional de los científicos aventureros que pueblan el mundo de Lovecraft.

Afortunadamente para la humanidad, la isla está siempre bajo muchas millas de océano -salvo cuando los cultistas adoradores del titán extradimensional urden algún plan para sacarla a flote, lo cual, repetimos, ocurre con una frecuencia inusitada, y es eventualmente impedido por el sacrificio de un oscuro profesor de literatura inglesa de la Universidad de Miskatonic- y se halla cerca del polo sur de inaccesibilidad, el punto de la Tierra más alejado de cualquier masa de agua, por lo que resulta difícil encontrarse con uno de los tentáculos de Cthulhu durante una excursión pesquera. Respiremos aliviados.

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Las islas (Primer Festival de la Isla)

marzo 21st, 2011 · 5 Comentarios

Hoy comienzan los fastos del Primer Festival de la Isla de Insularo.net, una festividad completamente accesoria que tiene como objetivo fomentar la cohesión entre los diferentes islotes que componen nuestra formación geográfica. Si todo sale bien, habrá más a lo largo del año. Disfruten esta entrada, y no se olviden de pasar por la choza principal.

Las islas

Vaya por delante que solo he estado en dos islas, si exceptuamos las fluviales y los bancos de arena que quedan al descubierto en ocasiones cuando baja la marea de forma irregular y poco seria. Hablo del tema, pues, como Experto. Esto implica que, a partir del siguiente punto y aparte, esto deja de ser un artículo de opinion para convertirse en una relación completamente fidedigna de hechos inopinables.

Hecho Uno: la Isla es una de las unidades fundamentales de la ficción de aventuras. Una isla es a la novela o cine de terror, intriga, acción o misterio lo que la mazmorra al juego de rol clásico: un mundo cerrado, en el que el autor puede establecer sus propias reglas, en el que la relación con el exterior puede variar entre la fraternal comunicación diaria a una inaccesibilidad inigualable siquiera por los más perdidos picos del Himalaya, e incluso un poco más.

Este Hecho sera ilustrado mañana con tres ejemplos de islas de ¿ficción?, representando cada una un arquetipo dentro de esta categoría: Themyscira, la isla de las amazonas en el Universo DC, la Isla del Tesoro de R.L. Stevenson y R’lyeh, la ciudad sumergida de ángulos imposibles en la que habita Cthulhu.

Hecho Dos: la Isla es un concepto de gran importancia en nuestra cultura, más allá de la representación que de ella se haga en la literatura, el cine y el cabaret. La insularidad confiere a un territorio resonancias románticas, épicas y trágicas, todo a la vez. Todo acontecimiento que tenga lugar en una isla sera automáticamente superior, signifique esto lo que signifique, a algo similar que tenga lugar en una region de similares características pero que se encuentre rodeada de tierra.

Estudiaremos este Hecho, y probaremos su veracidad, acudiendo a las siguientes tres situaciones relevantes, que se dieron, se dan y se darán en islas, y cuya importancia solo puede entenderse en ese contexto geográfico: la desaparición del dodo, la conquista de Perejil por las Fuerzas Armadas Españolas y el exilio de países enteros en el Pacífico, al quedar cubiertos por el océano.

Hecho Tres: de lo expuesto como Hechos Uno y Dos resulta evidente que la transformación de una isla de Entidad Real a Realidad Ficticia se ofrece en muchos casos al observador más como una necesidad, una obligación, un imperativo moral, que como una posibilidad. Las islas fomentan, se alimentan de, son, alientan, heroísmo y tragedia, decadencia inevitable y crecimiento sin barreras, conservadurismo aislacionista y desarrollismo feroz, waterpolo y traineras.

De forma simétrica a los artículos anteriores, en el dedicado al Hecho Tres mostraremos casos de islas que ya han dado el paso de realidad a ficción, como la Isla Tortuga, hogar de temibles bucaneros, o que están cerca de darlo y entrar en el territorio de la leyenda. Y aquí los lectores me permitirán que no recurra al fácil sostén ofrecido por Japón, sino que bucee en el mapamundi para centrarme en otras opciones quizá no tan evidentes, como podrían ser las Falkland o la Isla de Man. Mencionaremos también, en aras de la completitud de este análisis, uno o dos casos de islas que han recorrido el camino inverso, de ficción a realidad.

Hecho Cuatro (Apéndice): si bien una isla ofrece un abanico casi infinito de posibilidades de desarrollo tanto a la Realidad como a la Ficción, tiene una limitación importante: su tamaño, que debe mantenerse lo bastante reducido como para no caer en la continentalidad, nefando defecto de carácter para estos entes, que puede dar lugar a una difuminación de los rasgos insulares (como ocurre, por ejemplo, en Gran Bretaña, cuyos habitantes están a medio camino entre los humanos y alguna otra cosa en la que es mejor no pensar). Esta condición de contorno, la del tamaño total del sistema, provoca que, en ocasiones, una isla pueda resultar monótona, tanto para el récit literario como para la acción tridimensional real.

Sin embargo, la Realidad es sabia, y por tanto también lo es la Ficción, que toma a la primera y la mejora, tras magrearla un poco, y con soltura ha resuelto el problema con la existencia de los archipiélagos. Estos ofrecen, frente a la relativa simplicidad de las islas, un nuevo nivel de lectura y actuación, una mayor riqueza y multiples posibilidades por explorar, pues al estar compuestos por multitud de islas no solo disponen de gran cantidad de paisajes diferentes, sino que nos proporcionan la posibilidad de estudiar y disfrutar las interacciones entre todos sus componentes. Sobre estas ideas, debidamente ampliadas, y su aplicación en diversos campos, versará el ultimo artículo de esta serie.

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