Si entendemos el comienzo de un viaje como la última vez que sales de casa antes de coger el tren, barco, avión o bicicleta, el Interrail comenzó para mí el día 11 de julio a las cinco menos cuarto de la tarde, hora a la que me recogieron para ir a ver la última película de Harry Potter -¿qué pasa? Uno conserva un alma infantil en su interior, ¿entendido?-. Tras abandonar a parte de la caterva de jóvenes gaditanos que nos acompañaban, los padres de Pablo me invitaron a cenar amablemente, para luego llevarnos a la estación de autobuses de San Fernando. Allí, sin remordimiento alguno, nos dejaron a su hijo y a mí. Esperamos durante una hora, sin ser interrumpidos en nuestra apacible pachorra más que por un par de jóvenes hasta las cejas de anabolizantes. La mujer nos preguntó algo que me temo he olvidado, aterrorizado como estaba ante la contemplación de los bíceps de su pareja.
A las once y media, por fin, nos montamos en el Socibus, vehículo a gasoil que nos llevaría hasta la capital del Reino. La noche fue larga e incómoda, como habíamos previsto. Las múltiples paradas en El Puerto, Jerez, etcétera, junto con la presencia en el asiento inmediatamente posterior al mío de un hombre que roncaba con alegría y generosidad, además de la animada conversación de dos amantes de las palomas y pichones de competición -que entablaron gran amistad, llegando a intercambiar teléfonos-, hicieron que dormir fuese complicado. Pese a todo, el jueves doce a las siete y cinco de la mañana llegábamos a la estación de autobuses de Méndez Álvaro, Madrid.
¿Y qué hacen dos chicos de provincias cuando llegan a una parte de la Capital que no conocen? Efectivamente, se pierden. Como teníamos dos horas para llegar a Atocha, donde habíamos quedado con la otra mitad de la expedición, decidimos ir andando. Para orientarnos utilizamos una línea de autobuses que iba desde la Estación X (no recuerdo el nombre) hasta nuestro destino. Nos pareció buena idea seguir a los autobuses, creyendo que llegaríamos, tarde o temprano. Y es aquí, queridos amigos, cuando se hace patente la importantísima diferencia entre los conceptos de dirección y sentido. Porque nosotros sabíamos cuál debía ser la dirección de nuestro movimiento. Hélas, erramos en el sentido, que escogimos al azar. Resultado: a las ocho de la mañana nos encontrábamos entrando en Vallecas, alejándonos cada vez más del centro. Por suerte un amable magrebí nos informó de la existencia de una parada de metro -Puente de Vallecas- cerca. Para entonces ya habíamos corregido el rumbo, pero nos habíamos encontrado con el obstáculo casi insalvable de una autovía de millones de carriles. Gracias al metro, nuestras cuitas desaparecieron, y arribamos al Estanque de las Tortugas con media hora de antelación respecto a lo convenido.
A las once y media, por fin, nos montamos en el Socibus, vehículo a gasoil que nos llevaría hasta la capital del Reino. La noche fue larga e incómoda, como habíamos previsto. Las múltiples paradas en El Puerto, Jerez, etcétera, junto con la presencia en el asiento inmediatamente posterior al mío de un hombre que roncaba con alegría y generosidad, además de la animada conversación de dos amantes de las palomas y pichones de competición -que entablaron gran amistad, llegando a intercambiar teléfonos-, hicieron que dormir fuese complicado. Pese a todo, el jueves doce a las siete y cinco de la mañana llegábamos a la estación de autobuses de Méndez Álvaro, Madrid.
¿Y qué hacen dos chicos de provincias cuando llegan a una parte de la Capital que no conocen? Efectivamente, se pierden. Como teníamos dos horas para llegar a Atocha, donde habíamos quedado con la otra mitad de la expedición, decidimos ir andando. Para orientarnos utilizamos una línea de autobuses que iba desde la Estación X (no recuerdo el nombre) hasta nuestro destino. Nos pareció buena idea seguir a los autobuses, creyendo que llegaríamos, tarde o temprano. Y es aquí, queridos amigos, cuando se hace patente la importantísima diferencia entre los conceptos de dirección y sentido. Porque nosotros sabíamos cuál debía ser la dirección de nuestro movimiento. Hélas, erramos en el sentido, que escogimos al azar. Resultado: a las ocho de la mañana nos encontrábamos entrando en Vallecas, alejándonos cada vez más del centro. Por suerte un amable magrebí nos informó de la existencia de una parada de metro -Puente de Vallecas- cerca. Para entonces ya habíamos corregido el rumbo, pero nos habíamos encontrado con el obstáculo casi insalvable de una autovía de millones de carriles. Gracias al metro, nuestras cuitas desaparecieron, y arribamos al Estanque de las Tortugas con media hora de antelación respecto a lo convenido.
Próximamente, reunión y viaje a Milán, que ahora me voy a la playa.

3 respuestas hasta ahora ↓
1 Carmen // ago 3, 2007 a las 14:58
Jummmmmmmmmmmmmmmmms!
pero al final volvimos sanos y salvos el 17 a Madrid!
Toooma he fastidiado el final xD
DEW
2 Quettaheru // ago 3, 2007 a las 15:00
A ver, Carmen, ¿me puedes hacer el favor de poner la etiquetita de spoiler delante del comentario antes de revelar detalles de la trama? Gracias.
3 Sheward // ago 4, 2007 a las 11:38
Carmen… Si vas a joder el final x lo menos jódelo bien… Volvimos sanos y salvos el 27!!!!… xDD
(Algunos el 28, ejem, ejem)
Deja un Comentario