Si alguien tuviera que establecer el marco para un relato de corte apocalíptico y, por limitaciones del autor, ya fuera en lo referente a su experiencia o a su imaginación, el escenario tuviera que circunscribirse a Madrid capital, y a ser posible a un solo barrio, la Ciudad Universitaria sería sin duda una de las primeras opciones consideradas, pues su situación y fisionomía la convierten en candidato ideal.
Al sin duda sugerente entorno formado por las amplias avenidas -que estarían convenientemente desprovistas de todo arbolado, quizá con la excepción de algunos matorrales bajos, de los que pudiera decirse que su fruto, de sabor agrio y polvoriento, es todo un manjar para los escasos habitantes de la zona- se le añade el atractivo que suponen los grandes edificios de las facultades y escuelas. Estos podrían ser sin duda refugio de los pocos estudiantes que quedaran en aulas y despachos, organizados en bandas más o menos violentas, algunos dedicados a obtener los restos de tecnología de laboratorios y talleres, con miras a fabricar ingenios que les facilitaran la existencia, o se la dificultara a sus rivales; otros, de forma a priori menos práctica, pero quién sabe si más provechosa a la larga, podrían tener como meta la recuperación y organización del saber acumulado en las bibliotecas universitarias, de forma que, cuando pasara la tormenta, alguien supiera cómo utilizar las herramientas disponibles; de manera que no murieran las ideas.
La existencia de túneles de Metro bajo la Ciudad Universitaria no es sino el aliciente definitivo para su aprovechamiento literario: hasta el más pedestre de los creadores sería capaz de conjurar la imagen de grupos de personas, atrapados por el cataclismo en pleno tránsito entre su lugar de estudio o trabajo y sus hogares, que sobrevivirían en la red de trenes durante meses, alimentándose con los productos de las cafeterías y máquinas de comida rápida, y transportando víveres de un barrio a otro en canastos, que bien podrían suponer la vuelta al burro como medio de locomoción. Estos morlocks posmodernos, finalmente, saldrían a la luz difusa del amanecer nuclear, extendiéndose por el resto de la Ciudad y, con un poco de suerte, dando lugar a una civilización donde la educación superior sería, más que un lujo, una necesidad geográfica.
No seré yo quien escriba semejante cuento.
[Relato escrito para el II concurso de mini-relatos de literatura fantástica y ciencia ficción de la biblioteca de la Facultad de Física de la Complutense. No ganó nada de nada.]

1 respuesta hasta ahora ↓
1 Julio // may 15, 2011 a las 22:37
Creo recordar que era en Baterbly y compañía que se hacìa referencia a una biblioteca en Milwaukee en la que solo se almacenaban fracasos: relatos no premiados en ningún concurso o novelas rechazadas por todas las editoriales. Podrías enviarlo allí…
Me ha encantado tu relato. Al principio pensé, por el título, que ibas a hacer alguna referencia a Sábato, que por cierto acaba de morir por primera vez en su historia. Pero el relato me ha recordado más a esos relatos de Borges planteados como “proyectos irrealizados” o, siguiendo con la idea de las “obras auto-negadas”, al “Diario para un cuento”, último texto del libro “Deshoras” de Cortázar.
Me gustan esos textos que son líneas de fuga. Suelen ser aprovechados por laboriosos escribidores sin imaginación, que establecen una extraña pero fértil simbiosis con los genios perezosos.
Tal vez algún día, cuando deje mi etapa de errancia y sacanagem, cuando viva en sillón y mantita y chimenea y copa de coñac, escriba ese relato apocaliptico. (by the way, vínculos semióticos con la parte 3 de Ser el enemigo).
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